Hace unos 20 años comencé a trabajar y a utilizar la fotografía para mis primeros proyectos artísticos. Por aquel entonces conseguí mi primera cámara digital de 5 megapíxeles, y mi regla era simple: todo lo que tomaba, lo imprimía. Pero mi escuela real fue antes de eso, con la cámara de rollo. En esa época, cada disparo se pensaba; sabíamos exactamente qué foto íbamos a hacer. Para mí, en ese momento, la fotografía no era nada más y nada menos que una herramienta pictórica, un lienzo que luego intervenía con óleo.
Poco a poco, esa fotografía se convirtió en la base fundamental de mi identidad artística. Se volvió necesaria. He visto su evolución acelerada y he llegado a una conclusión innegable, la misma a la que llegó el filósofo Roland Barthes cuando dijo: "Lo que la fotografía reproduce al infinito ha tenido lugar sólo una vez... repite mecánicamente lo que nunca más podrá repetirse". Por más que intente, desde lo técnico, hacer una foto exactamente igual a otra, es imposible. El tiempo, la luz y el objeto ya no son los mismos; ese instante ya pasó en el tiempo.
Sin embargo, mi intención hoy no es contarles mi biografía, sino reflexionar sobre la fotografía como un elemento impreso y físico. Es un tema que me da vueltas en la cabeza constantemente. Cada vez que hago un trabajo fotográfico, trato de convencer a mis clientes de que imprimir genera memoria, y no lo digo solo desde el romanticismo, la ciencia lo respalda.
La Dra. Linda Henkel, investigadora de la memoria, acuñó lo que ella llama el "efecto de deterioro por toma de fotos". Ella descubrió que: "cuando dependemos de la cámara digital o el celular para recordar por nosotros, le enviamos un mensaje al cerebro diciendo 'no necesitas procesar esto, la cámara lo hará'. Sin embargo, cuando imprimimos y tocamos una fotografía, activamos redes de memoria táctil y visual que anclan ese recuerdo en nuestra mente de forma permanente".
Necesitamos que la fotografía vuelva a ser parte de nuestra memoria histórica personal. Hace unos días, revisando mi celular, me encontré con un carrete de 10.000 fotos. Me detuve a pensar y me di cuenta de una triste realidad: no tenía memoria de cuándo había hecho la gran mayoría de ellas. Me puse a mirar año tras año, mes tras mes, y comprobé que, en efecto, recordar es vivir.
Esto me llevó a cuestionar profundamente nuestro uso de las redes sociales. Hoy se han convertido en vitrinas netamente comerciales. Entramos en la dinámica de "debo publicar para generar comunidad, armar un portafolio y existir en el mercado", porque si no estás en redes, parece que no existes. Aunque ese es tema para otra conversación, esta dinámica ha fortalecido la idea de lo efímera que se ha vuelto la imagen.
Hagamos un contraste: antes costaba, antes se pensaba, antes tenía un contexto, antes se imprimía, se guardaba y nos ayudaba a recordar. Hoy, un recuerdo dura los tres segundos que tardamos en hacer scroll en una pantalla.
Por eso, mi invitación es urgente y directa: volvamos al papel. Incitemos a imprimir más fotos, a colgar más retablos, a llenar de portarretratos nuestras mesas y de fotografías artísticas nuestras salas. Démosle a nuestros espacios imágenes llenas de color y de vida.
No dejemos nuestro legado atrapado en un dispositivo. Porque el día de mañana el disco duro falla, perdemos el archivo digital y, con él, perdemos nuestra memoria.